El amor comienza a apagarse el día en que nos comenzamos a sentir sumergidos, atrapados, absorbidos, succionados, invadidos. El amor está subyugado, a merced, sin aire, sin energías.

Nos quedará la culpa como recompensa por no haber sabido ubicarnos y ubicar.
De algo hermoso solo nos quedarán malos recuerdos y la culpa  sólo será nuestra que no supimos poner los límites.

Resultado: Un gran y atroz cansancio y unas ganas tremendas de olvidar pero será imposible.

Y entonces recordamos aquel poema hermoso y sabio de Agustín García Calvo:

Libre te quiero
como arroyo que brinca
de peña en peña,
pero no mía.
Grande te quiero
como monte preñado
de primavera,
pero no mía.

Buena te quiero
como pan que nos sabe
su masa buena,
pero no mía.

Alta te quiero
como chopo que al cielo
se despereza,
se despereza,
pero no mía.

Blanca te quiero
como flor de azahares
sobre la tierra,
pero no mía.

Pero no mía
ni de Dios ni de nadie
ni tuya siquiera.

Si tenemos quien nos guíe, por qué nos equivocamos tanto?