Algo que nunca hago, andar a caballo, esos animales maravillosos no se llevan bien conmigo ni yo con ellos. Intuyen el temor que les tengo y se niegan a obedecer. Se sienten inseguros conmigo “al volante”, pero ese día me subí a uno, una yegua mansa, al decir de la peonada y me fui temerosa escuchando las risas que les provocaba ver mi temor.
La yegua enfiló pa’l monte sin que yo le dijera nada, tal parece que pensó que si tenía que soportarme iba a ir pa’donde ella quisiera y se iba a reir de mi igual que los peones.
Y así fue, nada de hacerme caso y me llevó al monte y se metió entre las coronillas y salió del otro lado hasta que de pronto galopó hasta aquella tapera abandonada.
Me extrañó ver aquello, generalmente a las taperas se las quema porque juntan mucho insecto, sobretodo las vinchucas que traen solamente problemas a la gente de campo.
Pero mi yegua se calmó al llegar y se decidió por retozar mientras yo me bajaba con mucho cuidado, … me apeaba, como se suele decir.
Me gustó aquel paisaje y lamenté el deterioro de aquella casa humilde que parecía un fantasma de lo que un día fue. Entonces sentí aquel gritito tímido y me acerqué lentamente a ver quien lo emitía. Y allí estaban dos ñandú, pequeñitos y muy juguetones.
Mamá Ñandú parecía no estar cerca así que tuve la intención de llevarlos conmigo de vuelta pero en ese mismo instante la yegua relinchó avisándome que cerca estaba ella y la ví justo cuando se me vino encima, enorme y furiosa defendiendo su cría.
Lo siguiente que recuerdo es la yegua mojando mi cara con su naríz húmeda, si al final del cuento me vine a hacer amiga de la mansa yegua que me llevó maltrecha de nuevo pa’las casas.
Cuando me fui el eco de fondo eran las risas de la peonada y cuando volví tuve que escuchar las mismas risas pero con más ganas!!!! Me alegro de haber hecho feliz a tantos, lástima que me duela tuito el cuerpo del revolcón que me dio la emplumada criatura.
